SIN PRISAS
Los
días más alegres de mi niñez eran cuando doña Baudelia, seguramente de acuerdo
con mamá, llegaba al llano, frente a casa, con su vaca jalada por un mecate.
Salíamos
vaso en mano, y un líquido blanco, espumoso, llenaba uno a uno, con ella
agachada, ordeñando.
Y
entonces nos daban un birote, o un trozo de uno de los grandes, que
saboreábamos como maná del cielo.
Y
cuando papá llegaba luego de un viaje, lo recuerdo dejando un costal con mangos
y, mientras nos sentábamos a comer hasta saciarnos, él se ponía un mandil y
comenzaba el proceso de la elaboración de pan.
A
veces, al fin pequeñas criaturas, tomábamos de esa masa, hacíamos pequeñas
bolitas y así, cruda, la repartíamos entre los pollitos, que lamentablemente
llegaban a morir a causa de ello.
Mamá
era muy paciente. La recuerdo diciendo con voz triste "ya volvieron a
matar a esos pobres pollitos". Nunca un golpe físico, ni una palabra que
lastimara mi corazón.
Sí,
en medio de la pobreza monetaria, mi corazón se sabía rico de lo esencial: una
madre amorosa, y un padre que parecía mago haciendo aparecer cosas con qué
llenar nuestros pequeños estómagos.
En
mi edad adulta seguí comiendo mangos como en mi niñez. Me gusta su sabor en mis
dedos y alrededor de mi boca.
Fui
una niña feliz. Lo agradezco.
"Gracias a la vida que me ha dado tanto"

No hay comentarios:
Publicar un comentario