Espacio de poesía y cuento (Obra en progreso)

lunes, 23 de marzo de 2026

 Cinco o seis años de edad.

De la moneda que me dio mamá para ir a ver la televisión, me dieron un centavo de cambio. En toda la colonia sólo había un televisor en la casa a donde asistía, -a la vuelta de la casa- y se podía ver sólo por las tardes, en la sala de esa vivienda.

 En el camino me topé con uno de los troncos por donde pasan los cables de la electricidad a los hogares, y jalando de él hacia el piso, el alambre torcido, fuerte y tenso, que lo mantiene de pie.

¿Cómo subir mis piernas cruzadas para columpiar todo mi cuerpo, tomando el cable con mis dos manitas?

Observé, como creemos que una niña o niño de esa edad pudiera hacerlo, cómo resolver ese reto que representaba con frecuencia un gran momento de diversión: me eché la monedas a la boca y trepé mis pies, cruzándolos bien para para menearme rítmicamente. No me iba a perder ese momento de libertad.

Pero, mientras aceleraba con gozo el bamboleo, la de las moneda se atoró en mi garganta.

 Asustada, corrí a casa y, como pude, me di a entender. Mamá hizo cuanto le fue posible, para sacarla de ahí. Con su rostro seguramente más preocupado que el mío, dio palmadas en mi espalda, trató de hacerme vomitar e incluso me puso cabeza abajo, zarandeándome. Mientras lo hacía, como el oxígeno seguía pasando por los dos lados de la moneda, escuchaba el radiecito donde daba inicio una radionovela. “Colgate Palmolive, fabricante de Fab, presenta Dios no lo quiera” Y dicho esto se escuchaba la voz de Javier Solís cantando el verso del título de la radionovela. La mente de mi madre seguía preocupada en resolver el problema. Corrió a su cuarto y sacó un reboso. Le dio indicaciones a Mamá Tita sobre la comida de mis hermanas y hermanos, si nos tardábamos. Mi mente infantil ya estaba ocupada por la melodía de la canción tema de una radionovela que no recuerdo haber escuchado más que el inicio, y no porque no la tocaran a diario, sino por mi tierna edad. ¿Quién a los cinco o seis años de edad hablaba de amor romántico?

Y mientras el rostro de mamá lucía a cada rato más preocupado, al abordar el camión que nos llevaría a La Cruz roja, mi corazoncito se alegraba ¡Les contaría a mis compañeras y compañeros de salón en la escuela sobre mi aventura gigantesca! Seguramente me dejarían unos días en ese sitio, o incluso me cortarían la garganta para sacarla. No sentía miedo. La emoción de ser el centro de atención de mis compañeritas y compañeritos de salón, lo rebasaba.

Mi madre me llevó de la mano y abordamos un camión rumbo a la Cruz Roja.

 Mientras escuchaba La calandria en la voz de Pedro Infante en el radio del chofer, y veía el paisaje externo, hubo un salto grande -una piedra, un bache- que hizo virar al camión, y a frenar fuertemente: me fui de frente hasta el lado del hombre que aquietó el vehículo. Ahí salió la moneda. Mamá respiró aliviada, mientras mi rostro seguro mostró mi desilusión.

Volvimos a casa. Entonces fui el centro de atención de mi hermanita y mis hermanos mayores. Su cariño me consoló y llenó de calidez mi corazón, así como la sonrisa serena de mi madre, ya sin restos de la angustia anterior.

 


No volví a echarme ningún objeto a la boca. Mamá me hizo un bolso pequeñito, que colgaba durante mis salidas de casa.

Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

jueves, 12 de marzo de 2026

SIN PRISAS

Los días más alegres de mi niñez eran cuando doña Baudelia, seguramente de acuerdo con mamá, llegaba al llano, frente a casa, con su vaca jalada por un mecate.

Salíamos vaso en mano, y un líquido blanco, espumoso, llenaba uno a uno, con ella agachada, ordeñando.

Y entonces nos daban un birote, o un trozo de uno de los grandes, que saboreábamos como maná del cielo.

Y cuando papá llegaba luego de un viaje, lo recuerdo dejando un costal con mangos y, mientras nos sentábamos a comer hasta saciarnos, él se ponía un mandil y comenzaba el proceso de la elaboración de pan.

A veces, al fin pequeñas criaturas, tomábamos de esa masa, hacíamos pequeñas bolitas y así, cruda, la repartíamos entre los pollitos, que lamentablemente llegaban a morir a causa de ello.

Mamá era muy paciente. La recuerdo diciendo con voz triste "ya volvieron a matar a esos pobres pollitos". Nunca un golpe físico, ni una palabra que lastimara mi corazón.

Sí, en medio de la pobreza monetaria, mi corazón se sabía rico de lo esencial: una madre amorosa, y un padre que parecía mago haciendo aparecer cosas con qué llenar nuestros pequeños estómagos.

En mi edad adulta seguí comiendo mangos como en mi niñez. Me gusta su sabor en mis dedos y alrededor de mi boca.

Fui una niña feliz. Lo agradezco.

"Gracias a la vida que me ha dado tanto"



 Sin prisas

Fui una niña con mucha energía pese a la enfermedad presentada a mis cuatro o cinco años de edad, que dejó una huella en mi cuerpo hasta el presente.

Pronto me sentí bien y volví a jugar en la calle.

Ana, mi prima, tres o cuatro años mayor que yo, entre juego y juego le gustaba la pelea; ya fuera que ella la comenzara o respondiera a quienes le buscaban la cara, decía mi abuelita.

A mí no me gustó el pleito. Mamá, en medio de la costura que le encargaban, nos vigiló para que no creáramos rencillas ni cayéramos en ellas.

Mamá Tita, mamá de mi madre, también nos vigilaba en silencio.

Corría yo con Ana y dos o tres niñas más, cuando le salió al paso una niña amenazándola con una piedra mediana en la mano. Mi prima se escondió detrás de mí; sentí dolor, como si una avispa me hubiese picado, y sentí cómo brotaba de mi mejilla un líquido rojo y caliente.

Volví a correr, pero ahora a mi casa. Mi abuelita me limpió la herida, y puso sobre ella una bandita.

No volví a jugar con mi prima.

Han pasado muchos años, y sólo me queda la memoria de un mediodía soleado, nubes blancas, la tierra que levantábamos al correr, el sabor de las pitayas, de las semillas de guaje, del atole blanco... y, pese a todos los cuidados, la cicatriz permanece en mi pómulo, imborrable, como los recuerdos.