Sin prisas
Fui
una niña con mucha energía pese a la enfermedad presentada a mis cuatro o cinco
años de edad, que dejó una huella en mi cuerpo hasta el presente.
Pronto
me sentí bien y volví a jugar en la calle.
Ana,
mi prima, tres o cuatro años mayor que yo, entre juego y juego le gustaba la
pelea; ya fuera que ella la comenzara o respondiera a quienes le buscaban la
cara, decía mi abuelita.
A
mí no me gustó el pleito. Mamá, en medio de la costura que le encargaban, nos
vigiló para que no creáramos rencillas ni cayéramos en ellas.
Mamá
Tita, mamá de mi madre, también nos vigilaba en silencio.
Corría
yo con Ana y dos o tres niñas más, cuando le salió al paso una niña
amenazándola con una piedra mediana en la mano. Mi prima se escondió detrás de
mí; sentí dolor, como si una avispa me hubiese picado, y sentí cómo brotaba de
mi mejilla un líquido rojo y caliente.
Volví
a correr, pero ahora a mi casa. Mi abuelita me limpió la herida, y puso sobre
ella una bandita.
No
volví a jugar con mi prima.
Han
pasado muchos años, y sólo me queda la memoria de un mediodía soleado, nubes
blancas, la tierra que levantábamos al correr, el sabor de las pitayas, de las
semillas de guaje, del atole blanco... y, pese a todos los cuidados, la
cicatriz permanece en mi pómulo, imborrable, como los recuerdos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario