Cinco o seis años de edad.
De la moneda que me dio mamá para ir a ver la
televisión, me dieron un centavo de cambio. En toda la colonia sólo había un
televisor en la casa a donde asistía, -a la vuelta de la casa- y se podía ver
sólo por las tardes, en la sala de esa vivienda.
¿Cómo subir mis piernas cruzadas para columpiar
todo mi cuerpo, tomando el cable con mis dos manitas?
Observé, como creemos que una niña o niño de
esa edad pudiera hacerlo, cómo resolver ese reto que representaba con
frecuencia un gran momento de diversión: me eché la monedas a la boca y trepé
mis pies, cruzándolos bien para para menearme rítmicamente. No me iba a perder
ese momento de libertad.
Pero, mientras aceleraba con gozo el bamboleo,
la de las moneda se atoró en mi garganta.
Y mientras el rostro de mamá lucía a cada rato
más preocupado, al abordar el camión que nos llevaría a La Cruz roja, mi
corazoncito se alegraba ¡Les contaría a mis compañeras y compañeros de salón en
la escuela sobre mi aventura gigantesca! Seguramente me dejarían unos días en
ese sitio, o incluso me cortarían la garganta para sacarla. No sentía miedo. La
emoción de ser el centro de atención de mis compañeritas y compañeritos de
salón, lo rebasaba.
Mi madre me llevó de la mano y abordamos un
camión rumbo a la Cruz Roja.
Volvimos a casa. Entonces fui el centro de atención de mi hermanita y mis hermanos mayores. Su cariño me consoló y llenó de calidez mi corazón, así como la sonrisa serena de mi madre, ya sin restos de la angustia anterior.
No volví a echarme ningún objeto a la boca. Mamá me hizo un bolso pequeñito, que colgaba durante mis salidas de casa.
Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

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