Espacio de poesía y cuento (Obra en progreso)

jueves, 12 de marzo de 2026

SIN PRISAS

Los días más alegres de mi niñez eran cuando doña Baudelia, seguramente de acuerdo con mamá, llegaba al llano, frente a casa, con su vaca jalada por un mecate.

Salíamos vaso en mano, y un líquido blanco, espumoso, llenaba uno a uno, con ella agachada, ordeñando.

Y entonces nos daban un birote, o un trozo de uno de los grandes, que saboreábamos como maná del cielo.

Y cuando papá llegaba luego de un viaje, lo recuerdo dejando un costal con mangos y, mientras nos sentábamos a comer hasta saciarnos, él se ponía un mandil y comenzaba el proceso de la elaboración de pan.

A veces, al fin pequeñas criaturas, tomábamos de esa masa, hacíamos pequeñas bolitas y así, cruda, la repartíamos entre los pollitos, que lamentablemente llegaban a morir a causa de ello.

Mamá era muy paciente. La recuerdo diciendo con voz triste "ya volvieron a matar a esos pobres pollitos". Nunca un golpe físico, ni una palabra que lastimara mi corazón.

Sí, en medio de la pobreza monetaria, mi corazón se sabía rico de lo esencial: una madre amorosa, y un padre que parecía mago haciendo aparecer cosas con qué llenar nuestros pequeños estómagos.

En mi edad adulta seguí comiendo mangos como en mi niñez. Me gusta su sabor en mis dedos y alrededor de mi boca.

Fui una niña feliz. Lo agradezco.

"Gracias a la vida que me ha dado tanto"



 Sin prisas

Fui una niña con mucha energía pese a la enfermedad presentada a mis cuatro o cinco años de edad, que dejó una huella en mi cuerpo hasta el presente.

Pronto me sentí bien y volví a jugar en la calle.

Ana, mi prima, tres o cuatro años mayor que yo, entre juego y juego le gustaba la pelea; ya fuera que ella la comenzara o respondiera a quienes le buscaban la cara, decía mi abuelita.

A mí no me gustó el pleito. Mamá, en medio de la costura que le encargaban, nos vigiló para que no creáramos rencillas ni cayéramos en ellas.

Mamá Tita, mamá de mi madre, también nos vigilaba en silencio.

Corría yo con Ana y dos o tres niñas más, cuando le salió al paso una niña amenazándola con una piedra mediana en la mano. Mi prima se escondió detrás de mí; sentí dolor, como si una avispa me hubiese picado, y sentí cómo brotaba de mi mejilla un líquido rojo y caliente.

Volví a correr, pero ahora a mi casa. Mi abuelita me limpió la herida, y puso sobre ella una bandita.

No volví a jugar con mi prima.

Han pasado muchos años, y sólo me queda la memoria de un mediodía soleado, nubes blancas, la tierra que levantábamos al correr, el sabor de las pitayas, de las semillas de guaje, del atole blanco... y, pese a todos los cuidados, la cicatriz permanece en mi pómulo, imborrable, como los recuerdos.